En ese entorno hospitalario, marcado por la rutina de los pasillos y la expectativa de lo que vendría, tuve la oportunidad de conversar con una persona que esperaba su turno para una intervención quirúrgica compleja, calculada en unas ocho horas de duración.
Lo llamativo no era la gravedad del momento, sino la actitud con la que lo afrontaba. Lejos de la preocupación que suele acompañar a estas instancias, transmitía unas ganas inmensas y una alegría de vivir intacta. Había en ella una paz interior profunda, de raíz espiritual, sostenida por el deseo firme de seguir adelante y mejorar su calidad de vida.
En medio de una mañana gris y tormentosa, encontrarse con personas tan positivas y con semejante salud espiritual resulta un recordatorio invaluable de la fortaleza que habita en el ser humano.
0 comentarios:
Publicar un comentario